Código del oeste
Código del oeste Cal cogió de nuevo la brida y reanudó la marcha, convencido de que cualquier cambio de palabras entre ellos dos sólo conduciría a expresarse ambos con despecho, ira y aborrecimiento. Si antes ella no le había odiado, de fijo que ahora sí le odiaba con toda su alma. Una melancólica resignación se apoderó del mozo, quien, a despecho del superlativo lenguaje usado por Tuck Merry, únicamente había esperado sacar de la aventura dos ventajas: una, hacer a Georgiana su esposa, y la otra, poner definitivamente término al peligroso flirteo de ésta con los jóvenes del Tonto. Con extraordinaria suerte había logrado ambos propósitos. Fuera de eso, no alentaba la más mínima esperanza. Y al recordar que Tuck había dicho que trasladaría al homestead todos los objetos propiedad de la recién casada, Cal no pudo contener una amarga sonrisa. Georgiana se habría ido ya antes de que se presentase con su carga el oficioso y bien intencionado amigo.