Código del oeste
Código del oeste La noche seguía su curso, y Georgiana rehusaba entregarse al sueño, negándose al mismo tiempo a escuchar la vocecilla que con pertinaz insistencia estaba, desde hacía largo rato, llamando a las puertas de su corazón. Sin embargo, acabó por amodorrarse, y sus reflexiones fueron perdiendo lucidez. Gradualmente la venció la fatiga. Pensando confusamente que hacía mucho frío y que el cuarto estaba muy oscuro, acabó por dormirse.
Transcurridas varias horas, despertó, sobresaltada. Apenas podía abrir los párpados. Tenía el cuerpo tan molido que le costaba trabajo moverse. La brillante luz solar invadía la estancia. Una rápida mirada le bastó para hacerse instantáneamente cargo de la hora que era, del sitio en que se hallaba y de la peculiar situación en que se encontraba. A pesar de todo, había dormido. El sol estaba ya bastante alto. En esto, advirtió que llamaban a la puerta.
—Georgie, ¿te sientes bien? —preguntaba desde fuera Cal con voz ansiosa.
La muchacha estuvo a punto de responderle que se fuera al diablo y la dejara en paz. ¿Qué venía a buscar? Pero optó por callarse.
—Georgie, ¿estás muerta? —insistió el mozo a gritos y golpeando fuertemente sobre la madera.
—No será por causa suya si no lo estoy —contestó al fin la interpelada—. ¿Qué quiere?