Código del oeste

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—¡Ah!, —le oyó exclamar, con expresión de alivio—. Si me dejas entrar, encenderé el fuego. Por aquí, en los alrededores de la Ceja, hace mucho frío.

—No necesito el fuego para nada —fue la respuesta que obtuvo.

—Está bien; pero ¿y el desayuno?

La muchacha reflexionó un momento, antes de contestar:

—En seguida lo prepararé…, para usted…, porque yo no quiero.

—Yo tomé ya el mío y tengo listo el tuyo —continuó diciendo él.

Georgiana se sentó en el lecho, con lentitud, echando hacia abajo las mantas. La voz de Cal iba adquiriendo algo de aquel estridor que a ella le crispaba los nervios. A punto estaba de confesar que no comería nada, porque no sentía el menor apetito, cuando el muchacho habló de nuevo.

—Levántate pronto, antes de que todo esté frío. Tengo trabajo urgente que hacer y no debo demorarme más.

—¿Qué hora es?

—Cerca de mediodía… Georgie, ahora me voy al rancho de mi tío Gard. Regresaré tarde. —Hizo una pausa y tosió—. Ya… tú… Mira… lo que deseo decirte es esto: quedas en libertad de proceder como te plazca.


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