Código del oeste
Código del oeste Georgiana escuchó estas palabras con mezcla de sorpresa y duda.
—¿Me has oÃdo? —inquirió él, con gran viveza.
—SÃ, he oÃdo, Cal Thurman, pero no le entiendo —repuso la chica—. Usted me cree mentirosa, ¿no es cierto?
—Bueno, puesto que me lo preguntas —manifestó arrastrando las sÃlabas, como era habitual entre sus parientes—, admito que sÃ. ¡Mentirosa y un montón de cosas más!
Sus pesados pasos cruzaron el porche e hicieron crujir la grava del exterior. Georgiana se escurrió hasta la ventana, para atisbar. Le vio montar a caballo. Ahora… se iba. Probablemente era un ardid, para despistarla. Poco después desaparecÃa por el borde del bosque. Tras un momento de reflexión, la joven concluyó por decidir que, en realidad, no existÃa razón para suponer que no se hubiera marchado de veras. Y su alejamiento la alegró muchÃsimo.