Código del oeste
Código del oeste Dióse luego a pensar en ocuparse de su arreglo personal. Había dormido completamente vestida y se le conocía de sobra. Tenía el cabello en tal estado, que no recordaba haberlo visto jamás tan revuelto. En la cara ostentaba los surcos hechos por las lágrimas al deslizarse sobre la negra costra de polvo y sudor. Una magulladura, junto a la sien, mostraba el lugar del tremendo golpe recibido, cuya huella se había puesto escandalosamente amoratada. Por fortuna, podía ocultarse fácilmente con el peinado.
—¡Buenas noches! —murmuró Georgiana al examinarse en el espejo y notar particularmente aquella deformidad de su lindo rostro—. ¡Quién diría que llegaría yo a esto! El agua de la jarra estaba tan fría que no pudo usarla. Fue a la puerta, abrióla, lanzó a derecha e izquierda una furtiva mirada, y atravesó a escape el porche, penetrando en la cocina. Allí la atmósfera era tibia. Un agradable olor a jamón frito le halagó el olfato. De repente descubrió que sentía un hambre voraz. La mesa estaba puesta para una persona. El esmero y la limpieza que notó la sorprendieron. Las apetitosas tortas, calientes aún, invitaban a probarlas. Dos recipientes, uno con café y otro con té, rivalizaban en emitir fragantes vapores. En una sartén, no lejos de la lumbre, se mantenían listas para ser consumidas dos magníficas lonjas de jamón.