Código del oeste

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—¡Vaya, vaya! ¿Qué me cuenta usted? —dijo en cierto modo complacida.

Luego procedió a lavarse con agua caliente, y habiendo encontrado peine, cepillo y un espejito, se dedicó a la tarea de domar la rebelde cabellera, haciéndola tomar un aspecto parecido al del minucioso tocado de los buenos tiempos. Su mente semejaba estar simultáneamente activa y estática. Todos los temores habían quedado en momentánea suspensión. Le agradó comprobar que, a pesar del chichón de la frente, una vez que lo hubo disimulado bajo el pelo, el rostro había adquirido una expresión por demás interesante. Sin pintura ni polvos estaba menos bonita que de ordinario, pero su actual palidez la hacía profundamente simpática. Quería presentarse de ese modo cuando narrara su trágica historia.

—¿Estará ausente mucho rato? —pensó—. No puedo irme sola… a pie. Me extraviaría. Alguien vendrá, de seguro.

Luego, le pareció imposible seguir desdeñando el seductor almuerzo. Su carne exigía comer y beber, aunque el espíritu mirara con horror el hecho de participar de los manjares de Cal Thurman. Por espacio de varias semanas, el desayuno de Georgiana había sido mera fórmula. No apetecía nada. Pero aquella mañana estaba genuinamente hambrienta, y devoró casi todo lo que Cal había preparado.


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