Código del oeste
Código del oeste —No cabe duda de que estoy metida en una aventura. Siempre deseé que me ocurriera algo… ¡Pero no esto! Si no le aborreciera tanto… ¡Si no se hubiera vuelto tan canalla!… Quizá son cosas del destino.
No acababa de comprenderse a sà misma. ¿Por qué —monologaba, entre bocado y bocado— no sentÃa la mayúscula furia de una mujer ultrajada, raptada con violencia, golpeada y conducida a la fuerza a un casamiento que no querÃa realizar?
—¡Oh, estoy bien disgustada!… ¡Vaya si lo estoy!, —rumiaba para sus adentros—. Pero no acierto aún a ver clara la situación. Acaso el golpe en la cabeza… DeberÃa matar a Cal por tamaña injuria.
No habÃa más remedio que esperar hasta que viniera alguien.
Georgiana carecÃa de paciencia para esperar, fuera por lo que fuese. TenÃa que ocuparse en cualquier tarea, o pronto la acometÃa una inquietud nerviosa que la anonadaba.
—Supongo que lo más acertado y propio será fregar la loza —murmuró—. En justicia, debo demostrarle a ese Thurman que sé conducirme como persona decente. Aunque, el maldito, casi me ha desollado. Bueno, los hombres tendrán pronto que aprender a ejecutar las faenas domésticas y a cuidar de los chicos, porque, ciertamente, es lo que se les viene encima.