Código del oeste

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¡Hombre, es curioso! —murmuró extrañado al subir al pescante—. ¿Qué tendrá hoy esta «cafetera», que parece que va a andar como debe? —Sentía, al mismo tiempo, cierto temblor interior Y no escaso entusiasmo. Era joven y su espíritu era tal, que se elevaba hasta el nivel de las peculiares circunstancias que le ponían en el trance de ejecutar una acción sin duda mucho más difícil que cuantos trabajos rurales le habían sido encomendados hasta entonces. Ciertamente, a pesar de que sentía de ese modo, había momentáneamente olvidado a la hermana de la señorita Stockwell. El asunto era ahora llevar a cabo una buena obra, cumplir con su deber para con una persona que había sido buena con él, desempeñar una tarea para agradar a su madre, y hacerlo todo, a despecho de Wess, de Tim y de sus aliados en diabluras.

Salió del corral y alcanzó el camino del valle, sin escuchar a sus espaldas grito alguno… hecho que consideró como un buen comienzo de su aventura. Después olvidó a los muchachos y concretó su atención en el manejo del coche, a lo largo del sombreado y hermoso camino. Por alguna razón ignorada, el «Ford» se portaba aquel día mejor que nunca. A medida que avanzaba, susurrando sin tropiezos entre las dos verdes murallas de enebro y encina americana, iba calmándose gradualmente la inquietud primitiva del poco ducho chófer.


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