Código del oeste
Código del oeste La mañana era clara y todavía fresca en el umbroso camino. Los negro-azulinos grajos y las grises ardillas daban ruidoso aviso de la proximidad del viajero. Numerosas reses vacunas de rojo pelaje y cara blanca, ostentando la conocida marca de las cuatro T, pacían a un lado y a otro. Cal llegó a un punto donde el camino descendía por un cerro, pasado el cual entró en una hondonada rocosa, sombreada por corpulentos sicómoros. El follaje de los árboles había empezado a teñirse de dorado y el reflejo de la luz tenía un precioso tono ambarino, que comunicaba su grata coloración a las aguas de un arroyo que por allí corría.
Una bandada de pavos silvestres, sorprendidos mientras bebían, echaba a correr, asustados, emitiendo sus guturales put-put-put y desapareciendo entre la maleza. Pronto salió Cal del bosque de enebros, encinas y robles, penetrando en un terreno ondulado, con muchas lomas, cubierto de «manzanita», a través del cual serpenteaba el camino, descendiendo gradualmente.