Código del oeste

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—¡Georgie! —exclamó la hermana, después de los primeros abrazos, apartándola un poco de sí para contemplala a su sabor, con mirada satisfecha—. Estás muy cambiada. Tienes mucho mejor semblante. Has engrosado. Nunca te he visto tan… bonita… ¡Oh, te estás poniendo bien del todo!

Georgiana la abrazó de nuevo, diciendo:

—Querida, me causa una alegría inmensa el verte y oírte. No me he ocupado gran cosa de la salud. He trabajado como una campesina cualquiera… Y, mira, tú también estás tan linda que quitas el sentido. Esto del casorio parece que a las mujeres nos guilla, pero nos sienta que es un primor.

Mary rió complacida. En realidad, presentaba una apariencia muy agradable, pues parecía más joven, y su cara estaba libre de toda vislumbre de preocupación. Georgiana lo notó y se alegró con toda el alma.

—Georgie, ¿cuándo dejarás de usar esa jerga?… Ven; tienes que hablar con esta gente; pero, chiquilla, modera la lengua.

—Hermanita, déjame hablar como me dé la gana. Déjame expresarme y delirar y decir cuantas tonterías se me ocurran —imploró la muchacha—. Por lo menos, contigo. No he charlado a gusto desde que estuviste a verme. Pero no te inquietes. Estoy aquí para conducirme como la mujercita de Cal Thurman. ¡En exhibición! Y, créeme, hoy echaré el resto.


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