Código del oeste

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Hacía más de un mes que Georgiana no se ponía un traje de fiesta, y era tal su ansiedad para convencerse de que realmente había mejorado tanto, que a media tarde se endosó el vestido blanco. Esta trascendental operación la realizó en la intimidad del cuarto de Mary. El efecto fue mágico. En lo íntimo del corazón había tenido el inconfesado temor de estar perdiendo la salud, y con ella, la juventud y la belleza. Pero lo cierto era que jamás había estado mejor ni más linda.

Mary prodigaba las sonrisas, las alabanzas y los besos, intercalando las manifestaciones de agrado por el manifiesto progreso físico de su hermana. Ésta no era ya delgada y frágil. El traje aquél así lo revelaba. Sin embargo, la revelación era sólo a medias, pues bien se veía antes de que mudara de ropa.

—Cuando te vean esta noche, olvidarán tu aspecto anterior —declaró Mary con satisfacción, aunque sin explicar a quiénes se refería especialmente.

—Cal detestaba este vestido cuando era tan corto —aseveró Georgiana—. Le dije que lo había alargado, pero apenas se enteró.

—¡Por Dios! ¿No te has vestido de fiesta desde que te casaste?

—Ni una sola vez.

—Bueno, esta noche te desquitarás.


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