Código del oeste

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—Creo que estoy linda de veras —repuso la chica con aplomo y complacencia—. Pero tendré que esconder las manos. ¡Míralas!

Y extendió los pequeños y maltratados miembros para que la maestra los examinara. Georgiana siempre había cifrado gran orgullo en sus manos y se las cuidaba con particular esmero. Pero durante aquel último mes, cuidado y orgullo habían desaparecido.

—¡Esposa de un homesteader! Bien se ve. ¡No puede negarse! —exclamó tristemente Georgiana.

—Las has tratado con excesiva crueldad, pero pronto se te pondrán bien —dijo Mary—. Y ahora, Georgie, ayúdame a vestir.

Las hermanas pasaron ese día el mejor rato que recordaban. Georgiana no necesitó recurrir a disimulo alguno. Se mostraba natural, efusiva, y el ambiente, los elogios, la admiración la excitaban como si hubiera bebido un vino fuerte. Cuanto le ocurriera durante el mes transcurrido desde su casamiento, eran sólo jalones que señalaban su desarrollo hacia un evidente adelanto en todos sentidos. Mas no se detuvo a pensar. La felicidad de Mary era contagiosa.

El párroco Meeker despachó la ceremonia en pocos minutos, convirtiendo rápidamente a Mary Stockwell en esposa de Enoch Thurman. En el Tonto no gustaban los noviazgos largos ni las formalidades desmesuradas.


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