Código del oeste

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La cavilosa muchacha encaraba en ese momento el problema capital. Ninguna excusa le exigía seguir al lado del marido impuesto contra su voluntad. ¡Qué fácil decirlo! Pero… Un cúmulo de consideraciones, cual enemigos emboscados, le salieron al paso. Y la primera de todas fue una extraña, pertinaz, incomprensible vacilación. «¡Espera! —le murmuraba al oído—. ¡No hay prisa! Déjalo para más adelante». Las otras siguieron las huellas de aquella traidora que le exigía ser débil: «¿Cuándo se marcharía? ¿Adónde? ¿Cómo? ¿De qué fuente obtendría los recursos indispensables? ¿A quién acudiría en demanda de protección y refugio? ¿Érale posible confesarle a nadie su cuita? ¿Qué le sucedería después?». Y, por último (lo más repulsivo y humillante de todo): «¿Por qué… por qué había de irse?».

De ese modo, Georgiana estudiaba el asunto en una fase inesperada. ¡Oh!, eso no alteraría su decisión lo más mínimo. Tenía que irse. Era cosa resuelta y fatal. Pero el conflicto aumentaba en dificultades. Sólo el pensar en el futuro la asustaba.





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