Código del oeste
Código del oeste Había que enfrentarse con la realidad, única productora de resultados positivos. Las vaguedades e imprudencias novelescas acabarían en fracaso. Por espacio de un mes había trabajado más, y más penosamente, que en todos los años de su vida anterior. ¡Trabajado como una rústica vulgar, cuando su delicado organismo desfallecía bajo el esfuerzo, próximo a rendirse y caer! Por ese trabajo, y a despecho del sufrimiento que le ocasionaba, disfrutaba actualmente de mucha mejor salud y de cierto bienestar interior, indefinible, que apenas podía comprender.
Alzó la cabeza y miró hacia delante. Cal iba ensimismado en su propia pesadumbre. La joven le tuvo lástima. Los caballos continuaban la subida, impertérritos. La blanca luna bogaba en el espacio, pura, impasible, vigilante, como el ojo del destino. El viento aumentaba en frialdad a medida que la altura crecía. Luego, de pronto, se presentó en la lejanía la imponente mole de la Ceja, majestuosa, inmensa, bajo el plateado fulgor de los rayos lunares.
Llegados a la cabaña, Cal vaciló en el preciso instante en que iba a ayudarla a desmontar. La miró con fijeza. La ancha ala del sombrero le ocultaba a él el rostro.
—Me gustaría saber —dijo— si te pesa el haber ido.