Código del oeste
Código del oeste —Cal —balbuceó la joven, sin poder contenerse—, estoy dispuesta a quedarme por algún tiempo si mi partida significara tanto para usted. Me quedaré más de lo que tenÃa pensado, por no perjudicarles ni a usted ni a Mary…, si usted no espera demasiado de mÃ.
—¡Georgie, vida mÃa! —profirió casi sollozando—. Te suplico que te quedes… con las condiciones que desees imponerme. No te exigiré nada…, absolutamente nada. ¡Lo juro!
—Muy bien —repuso Georgiana deslizándose del caballo. ¡Qué entumecida y atontada se sintió de súbito! QuerÃa echar a correr, pero apenas podÃa andar—. Buenas noches.
—Será mejor que entres en la cocina para calentarte un poco —le aconsejó el mozo.
Pero ella, sin atenderle, cruzó el porche, con paso vacilante, y se metió en su cuarto. No sentÃa frÃo. La oscuridad que reinaba en el interior de la pieza le resultó agradable. ¡Cualquier cosa era preferible a aquella despiadada luna, tan brillante, tan omnividente! No encendió la lámpara. Después de quitarse los guantes, la capucha, la bufanda y las chaquetas, se inclinó para desatarse las botas con manos temblorosas. Pronto estuvo en el lecho, encogida bajo las mantas, sollozante y febril.