Código del oeste

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Un día del mes de marzo recibió una noticia tan sorprendente como inesperada y perturbadora, en una carta que le envió Mary por medio de un vaquero. Cierta tía de ambas había muerto, y en su testamento les legaba, a cada una de ellas, varios miles de dólares. Exactamente cuánto, no lo podía precisar Mary, pues no lo decía la misiva llegada del Este, remitida por la madre; pero pronto entrarían en posesión del legado. Fue curioso cómo reaccionó Georgiana al enterarse de su buena suerte. No se sintió vivamente emocionada ni demasiado contenta. Se alegró más por su hermana que por ella misma. Lo único en que pensó fue que ahora sí que podría marcharse. Era inevitable. No le mencionó a Cal el detalle de la herencia.

A la mañana siguiente, antes de que despertara ella, salió Cal para Ryson, donde tenía que efectuar varias diligencias. Georgiana tuvo el día entero a su disposición para meditar sobre las ilimitadas posibilidades que se le abrían. Tenía que adoptar una resolución definitiva, y adoptó no una, sino muchas, que cambiaba inmediatamente.

Cal regresó después del oscurecer, y en el mismo instante que Georgiana le vio la cara que traía, comprendió que había sucedido algo inusitado. Evitaba él mirarla, y a su tímida pregunta contestó brevemente:

—¡Oh, nada de particular!


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