Código del oeste

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La joven se tranquilizó, pero le quedaron la curiosidad y el interés.

Por la mañana, después del desayuno, montó Cal a caballo, y, acercándose al porche, la llamó.

—Deseo comunicarte una cosa —le dijo al verla aparecer en la puerta.

—¿Sí? —repuso ella. El tono calmoso, frío, seco, con que hablaba, le despertó la curiosidad, más que el contenido de las palabras. Luego advirtió que la miraba con ojos escrutadores.

—Georgie, ¿recuerdas el día en que te hice casar conmigo?

—¡Ya lo creo! —contestó sorprendida.

—¿Pensaste que te golpeé…, que te quité el sentido a propósito?

—Sí. ¿No lo hizo usted?

Él la miró de alto a bajo con tal expresión, que la hizo sentirse infinitamente ruin y mezquina.

—¡No! —replicó con voz sonora—. Estuve rudo, no lo niego; pero no te golpeé. El caballo nos metió por debajo de un árbol y tropezaste con la cabeza contra una rama gruesa. Eso fue todo.

—¿Por qué, entonces, me ha dejado todo este tiempo en la creencia de que me había pegado?


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