Código del oeste
Código del oeste —Porque al principio me sirvió para que me tuvieras miedo —admitió Cal—. Pero, después de casados, me ha dolido el que creas que yo fuera capaz de hacerte daño deliberadamente.
—¡Ajú! —dijo Georgiana imitándole—. Bueno, ¿y por qué motivo me saca ahora de ese error?
—Voy a ir al rancho Bar XX —respondió clavándole la vista en el rostro. Hablaba sin audacia ni imprudencia, pero no dejaba de haber una sombra de ambas en su voz. Georgiana conocÃa a los Thurman lo bastante para inferir que la aparente calma del muchacho ocultaba algo muy serio y peligroso.
—¿Al Bar XX? —tartamudeó.
—SÃ; y si para la puesta del sol no estoy ya de vuelta, ensilla tu caballo y vete a casa de tÃo Gard.
—¿Estará usted all� —inquirió comenzando a temblar alarmada.
—No. No estaré allà ni aquà —repuso en tono enigmático—. Pero supongo que volveré temprano. Sólo he querido prevenirte, por si acaso…
—¡Cal! —exclamó la joven con acento penetrante.
—Hasta luego, Georgiana May —se despidió Cal con toda su antigua amargura y un ligero dejo de burla. En seguida espoleó al potro y partió como una exhalación.