Código del oeste
Código del oeste Cosa de una hora antes de la puesta del sol, cuando Georgiana andaba por la cocina, atareada con los preparativos de la cena, oyó fuera el batir de cascos. El ruido la sobresaltó. Supuso que Cal regresaba. Un estremecimiento extraño y nuevo, una sacudida de rara satisfacción, la agitó de pies a cabeza.
—¡So! ¡Quieto! —sonó una voz áspera, que ciertamente no era la de Cal.
Georgiana corrió para abrir la puerta. Vio a un jinete alto —Wess Thurman—, con dos caballos, sobre el lomo de uno de los cuales venía atravesado un hombre, al parecer, sin sentido, con la cabeza colgando a un lado de la silla.
—Bueno, si no me engaño, todo lo que queda de mi primo Cal —respondió Wess con el oscuro semblante contraído por la pena y el furor.
—¡Ay! ¡Cielo santo! ¡Bien lo sabía yo que iba a suceder algo espantoso! —profirió Georgiana corriendo al lugar donde estaba Wess tratando de levantar de la montura el desmadejado cuerpo de su pariente—. ¡Oh, Wess, por piedad…, dígame que no está herido!… ¡Dios mío!… ¡Sangre!… ¡Por todas partes! ¡Esto es terrible!…
—¿Herido? —gruñó el vaquero—. Bueno…, herido, propiamente, no; pero machacado como un demonio, sí. Está destrozado, pero todavía vive. A ver: quítese de en medio.