Código del oeste
Código del oeste Wess rodeó con ambos brazos la cintura de Cal y lo sacó de la silla. Después, cambiándolo de postura, se lo echó a cuestas y lo llevó a la cocina. Georgiana le seguÃa, retorciéndose las manos. El vaquero depositó su carga sobre el tosco sofá.
—Déme un poco de agua, Georgie —dijo—, y pronto lo haré volver en sÃ. No está más que desmayado.
La muchacha voló en busca de agua y toallas. El enorme susto se le iba pasando. ¡Si no era más que un desmayo!…
—¡Recuerno! ¡Qué desastre para un Thurman el verse asÃ! —refunfuñaba Wess con lástima y rabia—. ¡Eh! ¡Vamos, Georgie!… ¡No le mire!
—¡Cómo que no! —protestó ella, ofreciéndole una jofaina. ¡Y vaya si lo miró…! Pero ¿era Cal aquello? TenÃa la cara deshecha, irreconocible, apenas con forma humana, aporreada, desfigurada, purpúrea por unas partes y en carne viva por otras. Sangraba abundantemente por boca y narices. El pelo era una maraña apelmazada y sangrienta. La camisa, hecha trizas, estaba negra de manchas.
Georgiana abarcó con la vista aquel espeluznante espectáculo y se dejó caer de rodillas al lado del sofá. —Está terriblemente lastimado— gimió.