Código del oeste
Código del oeste —¡Mil diablos! —gruñó Wess—. ¿No le dije que no lo mirara?… —Y procedió a rociar el rostro de su primo, añadiendo—: Si se va a poner a gimotear, me largo en seguida.
—¡Oh, no, por favor! Pero ¿no ve cómo está? —imploró con acento lacrimoso.
—Bueno, ya saldrá de ésta, vivo y sano, para…
—¡Hum!… —Y Wess se calló, prefiriendo no descubrir en tal momento lo que tenÃa en la imaginación.
—Por amor de Dios, cuénteme lo sucedido —suplicó Georgiana.
—Cal fue atacado por un novillo bravo, al que trataba de enlazar —contestó Wess bañando cuidadosamente la cara del enfermo.
—No mienta, Wess Thurman —exclamó la joven.
—Y como iba montado en un potro redomón, muy arisco… —prosiguió el mozo, imperturbable.
—¡Vamos, vamos!… Parece mentira que pueda usted bromear, cuando tiene delante al pobre Cal tan… atrozmente maltratado.
—Pues, como le digo: se cayó. Promontorio abajo, y rodó cerca de una milla, golpeándose contra las rocas y malezas —terminó el vaquero.