Código del oeste
Código del oeste Georgiana, comprendiendo que no le haría declarar la verdad, optó por callarse. Además, Cal comenzaba a dar señales de recobrar el conocimiento. Se le agitaba el pecho. Se sacudió ligeramente. Movió las manos. Y entonces pudo notar ella que estaban magulladas, hinchadas, horriblemente desolladas en varios sitios.
—Bien, Cal, ¿cómo va eso? —le preguntó Wess, con el tono más natural del mundo.
—¿Me has traído… a casa? —musitó el muchacho débilmente.
—Pues es claro; y te aseguro que me costó un trabajo del infierno.
—¿Y Georgie? —inquirió Cal con voz más fuerte y ronca.
—Aquí está, portándose de primera, considerando que… —Y le hizo a Georgiana una mueca y un guiño muy significativos.
—Cal…, aquí estoy… —balbució ella. Quiso tomarle las manos, pero no se atrevió, temerosa de hacerle daño.
—¿Me ves?
—Sí; ahora, sí. Aunque no muy bien.
Tenía un ojo completamente cerrado por la hinchazón, y el otro, muy poco menos estropeado.
Wess le entregó a Georgiana la toalla embadurnada de sangre, al mismo tiempo que decía: