Código del oeste
Código del oeste —Lo he limpiado lo mejor que he podido. Ahora, Georgie, voy a levantarlo para que le quite esa inmunda camisa. Rómpala. De todos modos, está hecha jirones…
—¡Eso es! —Terminada la operación, procedió Wess a quitarle las botas, y, después, los calzones, los cuales, si no tan destrozados como la camisa, estaban ciertamente tan sucios—. Bueno, ya puedes dormir, nada más que con la ropa interior, grandÃsimo tunante. Te cubriré con esta manta… y no se me ocurre otra cosa, por el momento. —Wess, me duelen las manos atrozmente— se lamentó Cal.
Georgiana sacó de un armario un pedazo de tela suave, y, con ayuda del vaquero, se dedicó a vendar los lastimados miembros.
—Georgie… —dijo entonces Cal—. No le pude ganar.
—¿No? —murmuró ella.
—Es demasiado corpulento y fuerte.
—Oye, tú —terció en esto Wess con su caracterÃstico arrastre en la pronunciación y en tono de reproche—: Me estás haciendo quedar por embustero. Le hice creer a Georgie que te habÃas despeñado en el Promontorio.
—¡Quia! No me he tragado ni una sÃlaba de sus embustes —aseguró la aludida.
—Wess, si el victorioso fuera yo, jamás le hubiera dicho a ella palabra —manifestó Cal.