Código del oeste
Código del oeste Para Georgiana, semejante frase encerraba un mundo de significado. Disipados sus anteriores recelos, empezaba ya a recobrar la serenidad.
—Me alegrarÃa, ¡cómo hay Dios!, de que le hubieras hecho pedazos —declaró Wess con tal fiereza y encono, que la muchacha se sobrecogió. ¡Aquél era el carácter de los Thurman! Si Cal hubiera vencido a su contrincante, todos, los Thurman darÃan el incidente por concluido. Mas, no habiendo sido asÃ, el asunto tomaba peor cariz que nunca.
Cal se volvió de cara a la pared y permaneció callado. Wess insistió en pasar allà la noche. Le ayudó a Georgiana en la cena, y luego; pero no tuvieron oportunidad de hablar a solas hasta que el servicial mozo fue a la otra habitación, llevando leña para la chimenea.
—Ahora me va a referir toda la verdad —le exigió ella, sin rodeos.
Wess, con gran pachorra, depositó los leños en el suelo, hurgó las rojas ascuas, separándolas de la ceniza y disponiéndolas en un hábil montón; luego, con lentitud, fue eligiendo las rajas que mejor le parecieron para alimentar la lumbre. Por último, alzando la cabeza, contestó, con su sonsonete tejano, bien marcado:
—Lo que voy a hacer es recomendarle que se vaya a la cama sin demora, porque bien lo necesita.