Código del oeste
Código del oeste A sus propios ojos se reconocía culpable de cosas que jamás le confesaría a Cal ni a nadie. Inteligente, despierta, dotada de sentido práctico, pero nada imparcial consigo misma, achacaba a otros las culpas de su modo de ser. Pero eso era un consuelo harto pobre, un recurso inútil, en el supremo aprieto en que ahora se encontraba. Había sido más que vanidosa, egoísta, irreflexiva, cruel. Se había portado con indisculpable ceguera, con excesiva flaqueza, con verdadera perversidad. Su examen de conciencia respecto al Tonto era aplicable a cualquiera otra región del globo donde habitaran seres humanos normalmente civilizados. Y en su mente alboreó entonces una terrible verdad, al caer en la cuenta de la certidumbre de que, a despecho de toda la falaz y sutil serie de argumentos que se trajo al Oeste y tanto desconcertaban y afligían a Mary, a ella no le gustaría tener una hija que pensara y obrara de semejante manera. Tal conclusión le hizo humillar la cabeza. La vida era la vida, tanto en el Este como en el Oeste. Allá, como acá, tenía sus normas inviolables. Lo que podía hacerse con impunidad en las sofisticadas grandes urbes de allí, no se podía hacer, en absoluto, aquí, en el Tonto. Esta gente no comprendía ni disculpaba una infinidad de cosas. Y a través de la sencillez y del primitivismo de los Thurman era fácil ver cuán falsa resultaba la seudolibertad que prevalecía en el Este. Hay reglas morales que ninguna mujer debe quebrantar, a menos que desprecie las leyes básicas establecidas por la civilización para el progreso de la humanidad.