Código del oeste

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Georgiana se vistió su traje de montar, calzóse las botas, y, a pesar de la despreocupación que sentía por ejecutar cuanto antes su propósito, no desatendió el arreglo de su persona, procurando estar tan atractiva como le fuera posible. Después fue al corral, ensilló el caballo (que había dejado encerrado durante la noche para tenerlo a mano), montó y se puso en marcha, sin despedirse de Cal ni saber si éste se enteraba o no de la partida. No importaba. Nada ni nadie hubiera sido capaz de detenerla.

La mañana era hermosa. Los pavos salvajes atronaban el espacio. Las ardillas y los grajos tomaban ruidosa nota del paso de la bella amazona a lo largo del camino. Distinguió las huellas de un oso en el polvoriento sendero. El aroma de los pinos, tan fuerte y penetrante, jamás le había parecido tan agradable. Un incendio, en algún lugar de la selva, añadía al ambiente la cáustica fragancia de la madera quemada. Los árboles ostentaban su nuevo atavío primaveral. Toda la floresta aparecía con ropaje flamante. En la ribera del Tonto vio dos ciervos y una manada de pavos, los cuales, muy poco inquietos por su presencia, se alejaron paso a paso. ¡Qué ambarinos los remansos del río y qué blancos los impetuosos reciales!



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