Código del oeste

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Absorta en las plácidas sensaciones de la excursión, y distraída con sus pensamientos acerca de lo que iba a hacer, Georgiana descubrió que había llegado al lugar de la cita con Tuck antes de que tuviera idea de estar tan cerca. Se hallaba a una milla más allá de la escuela, cuya proximidad había evitado. Allí se bifurcaba el sendero, viéndose a corta distancia un claro, donde había la casilla de un guardabosque.

Tuck Merry la estaba esperando, y su sencillo semblante expresaba considerable extrañeza y evidente satisfacción. Parecióle a la joven que nunca se había fijado bien en él. ¡Qué largo, desgarbado y raro era! Su cadavérica faz, semejante a un jamón magro, aparecía adornada con extraños bultos, el más prominente de los cuales era su enorme nariz. Pero su sonrisa y la simpática expresión de sus grandes ojos compensaban los rasgos poco favorables de su físico. Tuck se ofreció ante Georgiana como el amigo fiel y caballeroso que necesitaba.

—Georgie, ¡qué agradable sorpresa!, —díjole él, por vía de saludo.

—¿Cómo está, Tuck? —contestó Georgiana tendiéndole la mano—. ¿No se siente halagado de que una muchacha acuda a usted en solicitud de ayuda?


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