Código del oeste

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Georgiana no entendió bien lo que decían, hasta que reconoció a Enoch, y, después, a Tim Matthews. Otro de los que venían era Arizona, y otro, Panhandle Ames. El rápido cambio de sensaciones —del más intenso furor al más profundo asombro— la dejó temblando. Dióse cuenta de que la enorme diestra de Tuck se posaba sobre una mano de ella, en ademán de infundirle confianza. ¡Cómo volaba aquella gente! La polvareda los envolvía de pies a cabeza. Formando un compacto pelotón, media docena de caballos, o más, vino a detenerse en las proximidades de la cabaña. Bruscamente retenidos por las riendas, se afianzaron sobre los remos posteriores, despidiendo una rociada de menudos guijarros. Un segundo después habían descabalgado los jinetes, haciendo resonar el suelo al contacto de las pesadas botas, a cuyo ruido se mezclaba el sonoro tintineo de las descomunales espuelas. Georgiana comprobó que no había errado en su reconocimiento de los que se acercaban. Completaban el grupo Boyd, Serge y Lock Thurman. Con aire sombrío, nada tranquilizador, se adelantaron encabezados por Enoch, quien ostentaba un formidable revólver colgado al cinto.

—¡Hola, Saunders! —saludó el jefe de los Thurman.

—¡Hola, Enoch! —respondió el ranchero.


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