CĂłdigo del oeste
CĂłdigo del oeste —Ahora, Bid Hatfield…, dĂgame, cara a cara, que no soy una mujer honrada. Todo el mundo tiene el derecho de proclamar pĂşblicamente la verdad. PĂłngame en evidencia si soy lo que usted dice. Si realmente sabe algo en contra mĂa, particĂpelo a todos sin demora… ¡Láncemelo al rostro, aquĂ, en presencia de estos hombres!
La situaciĂłn de Hatfield era terrible. La sorpresa de verse enfrentado por la muchacha, en aquella disposiciĂłn de pĂşblico desprecio, lo acobardĂł por completo.
—¡Oh Georgie!, no haga caso de chismes y murmuraciones… Nunca he dicho nada en contra suya.
—¡Miente! —replicĂł, airada, Georgiana—. Todo el Tonto sabe que me desacredita miserablemente. Y si usted no fuera un cobarde sin escrĂşpulos ni dignidad, confesarĂa su vileza. DeclararĂa aquĂ, como un hombre, que ha mentido para difamarme.
—Pero, Georgie, jamás dije… lo que usted ha oĂdo —respondiĂł Ă©l hoscamente.
—Muy bien. Vamos a ver: ya que no es bastante hombre para sostener sus infamias, contésteme a lo que voy a preguntarle. Usted ha contado por todas partes que yo le he dejado besarme, ¿no es cierto?
—Quizás…, estando borracho, o trastornado —admitió bajando la cabeza.