Código del oeste
Código del oeste —¿No le prohibà que volviera a besarme porque usted pretendió ir demasiado lejos, y no suspendà todo trato entre nosotros? —demandó Georgiana, colérica en grado sumo.
—SÃ…, es verdad —contestó Hatfield a regañadientes, blanco como un difunto.
Georgiana prosiguió, después de tomar aliento:
—Eso me basta de boca de usted. Pero yo añadiré más —exclamó, dejándose llevar de la indignación que la poseÃa—. Le he contado al señor Saunders todos los detalles de este desagradable asunto. No me avergüenzo de repetirlos. Usted me gustaba. Le dejé besarme…, igual que hice con Cal, con Tim y con Arizona. Para mà era una diversión sin importancia. Ahora comprendo que hacÃa mal y me arrepiento de haber sido tan tonta. Actualmente sufro las consecuencias… Pero me está bien empleado, por haber sido con exceso condescendiente con un canalla. ¡Besar a una mujer decente y publicarlo! Es lo más ruin, lo más bajo y lo más indigno que puede hacer un hombre. Apuesto a que, entre cuantos me escuchan, hasta entre sus mejores amigos (si es posible que los tenga), no hay una sola persona que no le desprecie a usted por eso. Y en cuanto a las mentiras que ha dicho…, bueno…, me conformo con llamarle, frente a frente, villano y cochino.