Código del oeste

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Georgiana no se daba aún por satisfecha; pero, al detenerse un momento para coger resuello, intervino Tuck Merry.

—¡Ajá! Señor Fanfarrón —aulló, lanzándose del caballo con extraordinaria agilidad—, esta dama le ha cantado la cartilla, con puntos y comas. Todos los presentes sabemos que es usted, ni más ni menos, lo que le ha llamado ella: un grandísimo villano y un enorme cochino. Y ahora es cuando va a saber lo que le espera.

Hatfield se había vuelto, para escabullirse, cuando empezó Merry su perorata. Lentamente, el fornido vaquero giró de nuevo sobre los talones, mirando a Tuck con marcada extrañeza.

Los circunstantes evidenciaban el mayor interés en el inesperado rumbo que tomaban los acontecimientos. La voz de Tuck, su extraño magnetismo, su rara figura, atrajeron todas las miradas. Georgiana se movía en la silla, excitadísima, olvidando por un instante el papel que representaba.

Tuck se despojé del sombrero y lo tiró al suelo, repitiendo en seguida la operación con la chaqueta. Dejóse puestos los guantes de montar y empezó a girar alrededor de Hatfield, haciendo jugar los dedos en forma harto significativa.

—Sepárese de las cuerdas. Salga al medio del cuadrilátero —le decía, en tono burlesco.


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