Código del oeste
Código del oeste Entonces, de súbito, saltó Tuck hacia delante, entrando en acción con rapidez fulmínea. Hatfield cayó, por efecto de ese primer golpe. Georgiana soltó un agudo chillido. Fascinada, presa de ardiente furia, observaba la lucha con todos sus nervios en tensión, escuchando gozosa las chistosas salidas de Tuck al ver rodar por el polvo a su adversario. Éste no perdió tiempo en ponerse en pie para acometer, pero recibió en seguida otro resonante porrazo que le hizo dar vueltas como una peonza. Tuck seguía danzando sin parar, moviendo los brazos como las bielas de una locomotora. Los golpes llovían ahora sobre el vaquero como una tremenda granizada, y cada trastazo lo bautizaba Merry con un nombre pintoresco. Los vaqueros, que presenciaban entusiasmadísimos la contienda, movían un alboroto formidable, ensordecedor, saltando de un lado para otro, como indios, para no perder detalle. Hatfield se defendía como podía, descargando algún puñetazo de cuando en cuando, pero sin la menor eficacia; antes al contrario, la ciencia pugilística de su contrincante y su irresistible fuerza zarandeaban a Bid cada vez con mayor rigor. Un golpe de derecha lo hacía inclinar bruscamente, y, antes de que tuviera tiempo de besar el suelo, otro golpe de izquierda le obligaba a recostarse hacia el lado contrario.
De pronto, el exboxeador cambió de táctica; retrocedió algunos pasos y dijo, apretando los dientes: