Código del oeste

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—¡Maldito sea tu puerco linaje! A Cal Thurman lo atropellaste de mal modo, y ahora voy a hacer contigo todavía peor que lo que hiciste con él.

Como una pantera saltó sobre Hatfield, derribándole. En seguida se trabó una terrible lucha, verdaderamente horrorosa, bestial, como de dos animales feroces enloquecidos. Ambos rodaban por el polvo, rugiendo, golpeando, maldiciendo. Bien pronto se vio que Tuck se imponía netamente. Aquello era una verdadera máquina de descargar puñetazos. No muy de prisa, pero ¡con qué demoledor poder! Los puños hacían sonar el cuerpo de Bid con una persistencia que ponía los pelos de punta. Era un castigo infernal. Hatfield parecía un saco de paja. Cada acometida del otro lo sacudía y revolvía como un monigote. Georgiana tuvo que cerrar los ojos, pero siguió escuchando el pavoroso martilleo. Al cabo, todo cesó. La muchacha abrió los párpados entonces. Tuck Merry se ponía en pie en ese momento, con la vista clavada en la inmóvil figura del vencido, que parecía muerto. Quitóse el vencedor un guante, y le pegó con él en la cara a Bid; después hizo lo mismo con el otro guante.

—¡Eso… te… servirá… para… el resto… de tu cochina vida! —murmuró Tuck jadeando pesadamente. Luego se volvió hacia el ranchero.

—Señor Saunders…, éste está…, que no le servirá… de gran cosa… en mucho tiempo.


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