Código del oeste

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—¡Oh, lo que es a mí, nunca más me servirá! —contestó Saunders.

Los vaqueros acudieron a formar corro en torno del caído. Uno de ellos se arrodilló junto a Bid. La mayoría cuchicheaba entre sí. Georgiana comenzó a sentir la debilitadora reacción de tantas y tan diversas emociones.

Enoch se acercó también.

—¡Dios mío!, —fue su comentario al ver cómo había quedado Hatfield.

En esto, Saunders, que formaba parte del grupo, le puso al mayor de los Thurman una mano sobre el hombro, amistosamente, al tiempo que decía:

—Enoch, nunca he tenido gran cosa contra usted.

—Bueno, otro tanto me ocurre a mí —fue la respuesta.

—Escuche. Bloom se marchará a fines de este mes. Y Hatfield sale de aquí mañana mismo, aunque haya que llevarlo atravesado sobre una mula… ¿Qué le parece si echamos pelillos a la mar, felicitamos a esa valiente muchacha y nos damos usted y yo la mano como buenos amigos? Las Cuatro T y el Bar XX acostumbraban antes disfrutar todas las tierras de la comarca en común, y nos iba mejor que ahora. ¿Qué opina?

—Jim Saunders, mi opinión es que, por mí, no hay el menor inconveniente —contestó Enoch, con leal franqueza.


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