Código del oeste
Código del oeste Ambos interlocutores se acercaron al lugar donde estaba Georgiana en su caballo, gozándose aún en el feliz desenlace de su atrevida aventura.
—Señora —dijo Saunders, con exquisita cortesÃa—, le ruego que acepte mis respetos. Es usted una brava mujer, y su marido, un hombre muy dichoso. Tenga la bondad de decirle que usted y él pueden contar en lo sucesivo con la amistad del dueño de Bar XX.
—Georgie —añadió Enoch—, te aseguro que pienso un montón de cosas buenas respecto a ti. —Y el cordial apretón de manos que le dio confirmaba sus palabras.
Georgiana no permitió que nadie, ni siquiera Tuck Merry, la acompañara más allá del sitio donde se bifurcaban las sendas. QuerÃa estar sola para pensar, para echar sus planes, para deleitarse en el goce de su extraordinaria buena fortuna. Llegó a su hogar poco después de mediada la tarde, y halló a Cal paseando por el porche.
—Georgie, ¿dónde has estado? —le preguntó aquél, apenas la vio.
Antes de contestar, desmontó la joven, tirando la brida sobre la silla.
—Cal, ¿qué dirÃas si te contara que he conseguido que Enoch y Jim Saunders vuelvan a ser los mejores amigos del mundo? —dijo.