Código del oeste
Código del oeste —Mi apariencia engaña. Ahora ando bastante traqueteado; pero cuando partà para el Oeste me sentÃa admirablemente bien. Un poco de descanso y unas cuantas raciones como esta de hoy pronto me pondrÃan en tan buena forma como cuando era uno de los entrenadores de Dempsey.
—¿Qué? —exclamó Cal en el colino de la sorpresa.
—Mire, compañero. Yo me crié en los muelles de Nueva York. ¿Se hace cargo? Pertenecà a la marina de guerra, durante años, y acabé siendo instructor de boxeo. Luego, después de la guerra anduve de un lado para otro, trabajando con varios boxeadores notables, en calidad de ejercitador. El último empleo de esa clase que tuve fue con Dempsey.
—¡Espléndido!… —gritó el muchacho descargando un puñetazo sobre la mesa. (La idea aquélla habÃa asumido enormes y regocijadoras proporciones). Oiga, Tuck, me es usted muy simpático.
—Hombre, pues lo celebro, porque es la primera cosa buena que me ocurre desde hace unos dÃas.