Código del oeste
Código del oeste —No, Cal, ninguno de ellos. La tendrás toda entera para ti solo. Y créeme…
—Calla, hombre, calla —casi gritó Cal—. Ya sé lo que quieres decir por «suerte». Alguien tenÃa que recibirla, y esos desvergonzados se echaron para atrás en Green Valley, en cuanto vieron su retrato.
—¿De veras? ¡Bueno, bueno! ¡Que me cuelguen! Mira, Cal, ¿no estarás ladrando al pie de un árbol distinto de aquél en que está el gato?
—¡Oye, tú! —replicó Cal, un tanto picado—. Hablas en jerigonza y no te entiendo. Voy a cortar, antes de que me enoje. Le dirás a esa señorita lo que te he pedido, ¿no es cierto?
—Seguro. Y dime… Escucha, Cal… No cortes… ¡Oye, oye…!
—¡Oigo! —contestó Cal—. No he cortado, pero tengo prisa.
La voz de Abe se oyó entonces en tono bajo, ronca, que continuaba diciendo, como falta de aliento:
—Cal, estuvo aquÃ, justamente antes de que llamaras. La he visto. ¡Usa calcetines! Le he visto las rodillas…, son de color de rosa…, ¡y que me valga Moisés si no las lleva pintadas! Cal, te aseguro que es algo…