Código del oeste
Código del oeste —¡Vete al infierno! —rugió Cal, furioso, creyendo que su amigo se estaba burlando de él—. No me vas a embaucar, Abe Hazelitt. Eres un grandÃsimo embustero. Los muchachos se han puesto de acuerdo contigo.
—No, Cal; te juro que es tan cierto como que he de morir —repuso Abe, al parecer reventado de júbilo—. Nadie se ha puesto de acuerdo conmigo. Pero sé muy bien lo que te espera, Cal Thurman.
Con mezcla de cólera, miedo y consternación, Cal colgó de golpe el auricular y se apartó del teléfono, murmurando enfurecido:
—«¡Rodillas color de rosa!…». ¡Pintadas!… ¡Vaya qué idea! Lo que se les ocurre a esos granujas no se le ocurre a nadie… Abe, ésos te han puesto sobre aviso y sabes lo que me aguarda… ¡Hum! Muy bien, chicos, muy bien.
—Ya veremos quién rÃe mejor al final. De fijo, ninguno presume lo que les tengo preparado con Tuck Merry. O mucho me engaño, o la broma va a terminar en una magnÃfica pelea.