Código del oeste
Código del oeste Cal Thurman no dispuso de mucho tiempo para reflexionar acerca de las misteriosas indirectas que le habÃan sido transmitidas por teléfono, pues apenas dejó la oficina postal para encaminarse al garaje, cuando divisó a los muchachos del Green Valley, agrupados, junto con los mecánicos, alrededor del «Ford». Si necesitaba algo más para despertar su ira, ese hecho fue suficiente.
Se acercó a grandes zancadas. Al aproximarse descubrió, con sorpresa, que todos venÃan recién afeitados, vestidos con sus mejores ropas, luciendo sus sombreros domingueros y con las botas bien lustradas. Para colmo de su extrañeza, advirtió que hasta Arizona (que siempre se distinguÃa por su descuido en el vestir) aparecÃa ataviado tan pulcramente como los demás, presentando un aspecto positivamente brillante.
—¿Cómo te va, Cal? Te felicito de veras por tu proeza —dÃjole Wess indicando plácidamente el auto.
—Camarada, eres un chófer extraordinario —añadió Arizona.
—Buenos dÃas, Cal. Parece que te preparas para ir a alguna parte —observó Panhandle.
—¿Cómo estás, muchacho? —le preguntó Tim amablemente.