Código del oeste
Código del oeste Los vio pasar por delante del garaje (junto a Wess y sus compañeros, quienes los saludaron con un ligero movimiento de cabeza) y proseguir hasta la barra que servía de atadero para los caballos, bajo un álamo, cerca de la oficina de correos. Descabalgaron. Bloom y Hatfield fueron aproximándose, mientras el tercer jinete, que le era desconocido, desataba una saca de correspondencia que traía en la parte de atrás de la silla. Bloom era un hombre considerable. Los amplios vuelos de sus zahones, semejantes a las alas de un murciélago, se agitaban violentamente a cada paso que daba. Tenía facciones duras, y aunque su cara indicaba que su edad pasaba de los cuarenta años, llevaba en ella escrita la historia de una vida estrenua Hatfield era joven, hermoso, fornido. Se contoneaba al andar. Vestía en forma bastante pintoresca: enorme sombrero de castor, corbata roja, camisa de franela azul (en aquel momento cubierta de polvo) y zahones con flecos y adornos de plata.
—¿Cómo le va, Thurman? —saludó Bloom al pasar—. Me encontré con su papá esta mañana y me dijo que venía usted al pueblo.
—Hola, Bloom; ¿cómo está? —le respondió Cal, sin mayor efusión.