Código del oeste

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Obviamente, la señorita Georgiana esperaba que Hatfield hiciera también su propia presentación, y el rostro de la linda viajera delataba el agrado con que estaba dispuesta a escucharle. Le gustaba el aspecto de aquel gallardo vaquero de Arizona. Sin embargo, Hatfield no parecía tener prisa por decir su nombre, y sus modales, aunque audaces y desembarazados, indicaban cierta torpeza. Una de dos: o no era bastante despierto para hacerse cargo de la situación, o había juzgado erróneamente a la señorita Stockwell.

Ésta se dio en el acto cuenta de la omisión, hallándola extraña, aunque la atribuyera a la brusquedad característica de la gente del Oeste, pero perdió algo de su aplomo. Su despreocupación no era ni muy antigua ni muy profunda.

—Venga conmigo al garaje y allí tomaremos un coche —dijo Hatfield cogiendo varios bultos del equipaje y empezando a descender la escalera del porche.

—Gracias…, prefiero esperar aquí —contestó la joven, indecisa, viéndole partir.

Entonces Wess se adelantó a hablarle.

—Señorita Stockwell —comenzó a decir con gravedad, pero sin embarazo—, si va usted con Bid Hatfield es seguro que no la recibirán con gusto en el rancho de los Thurman.

Ella se quedó mirando al alto y enjuto mozo, y dio muestras de encontrar algo extraño todo aquello.


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