Código del oeste

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—¿De qué se trata? —preguntó con acritud—. ¿Cómo puedo yo saber quién es Bid Hatfield? Él ha sido el único que caballerosamente se ha dado cuenta de que soy forastera y estoy sola. Además, dijo que me estaba buscando.

Yo lo tomé por el señor Cal Thurman.

—Bueno, pues se ha equivocado, y a Cal no le halagará el error —replicó el vaquero—. Yo soy Wess Thurman, y hemos…, nosotros, aquí… esto es, yo… he venido a esperarla, por encargo de su hermana.

Bien manifiesta fue, por cierto, la línea de demarcación donde Wess pasó de la leal sinceridad al descarado engaño. Su robusta mano derecha bregaba, nerviosa, por aflojar la evidentemente apretada tira del cuello de su camisa de franela. Y la ligera palidez que había invadido su cara ante la impudicia de Hatfield, se trocó en oscura rubicundez.

La señorita Georgiana contemplaba a Wess con expresión de duda, y sus ideas debían de ser inciertas y confusas, hasta que pudo en parte hacerse cargo de la verdad de la situación. Probablemente esta clase de incidentes no eran nuevos para ella, excepto en cuanto al ambiente, en pleno Arizona, y en cuanto a la peculiar personalidad de aquellos rudos vaqueros.

—Por el camino me dijeron que el señor Cal Thurman había telefoneado que me estaba esperando —manifestó la muchacha—. ¿Dónde está?


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