Código del oeste

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—¡Lo insultó! ¡Oh, Cal, no diga semejante cosa! —repuso la señorita Stockwell, consternada—. Lo lamento en el alma, Cal. ¡Pues mi intención era que usted se diera por dichoso con lo que iba a ocurrir!… Dígame: ¿quién fue el entrometido que se le ofreció a Georgiana? ¿Fue Bid Hatfield?

—Sí; el mismo. Y ella le contestó que prefería ir con él. ¡Y se lo dijo delante de Wess, de los muchachos y de todo el mundo! Eso ha sido lo peor. Mire, maestra, usted no conoce el Oeste. La vergüenza que he pasado no la olvidaré en mi vida. En justicia, debo confesar que Hatfield fue el primero en mostrarse atento con su hermana. Pero ha sido porque yo estaba como atontado…, ¡qué sé yo…! ¡Oh, ha sido lastimoso…!, créame. Maestra, le he dicho a ella que lo mejor será que se vaya a casa en compañía de Wess…

—Cal, mi hermana vendrá a casa con usted, y con nadie más —declaró la señorita Stockwell con el decidido acento que el muchacho tan bien conocía.

—Llámela al teléfono…, hágame el favor.

Así prevenido, Cal se volvió, molesto y fastidiado por haber tenido que desahogar en esa forma lo que sentía. Casi se dio de bruces con Georgiana, quien, evidentemente, había permanecido allí, oyéndolo todo. La petulancia había desaparecido del rostro de la joven, la cual, con aspecto turbado y ojos inquisitivos, miró a su acusador.


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