El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —Acaba de entrar. Los vio a ustedes venir y corrió a esconderse, presumo. Las muchachas son bichos raros.
—¿Vio que venÃa… que venÃamos… Y echo a correr? —preguntó curiosamente Neale.
—Desde que se fueron no ha hecho otra cosa que aguardarlos y… muchacho, ha revelado otra habilidad, la de correr. Corre como un gamo asustado.
—¿Qué puede significar? —se preguntó Neale. Fuera lo que fuese sintió un estremecimiento de gozo.
—Quiero echar un párrafo con Slingerland, Red —anunció pensativo.
—Excelente idea —aprobó el sudeño desenjaezando—. Entre tanto yo daré una vuelta por los alrededores con el rifle.
Neale se llevo al trampero a un umbroso lugar bajo los pinos, exponiéndole su plan para el invierno.
—¡Muchacho! Se pelará usted de frÃo —exclamó el veterano.
—Tendré que levantar una cabaña y tomar precauciones en previsión de un invierno crudo, naturalmente.
Slingerland sacudió la cabeza.
—No conoce usted los inviernos de por acá, como yo. Pero… esa loma que ustedes llaman «Sherman Pass»… no está tan lejos que no podamos ganarla con raque tas, excepto cuando haya temporal. Lo mejor serÃa que se quedase usted aquÃ, conmigo.