El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Allie sentábase a la sombra bajo los pinos que crecían en las márgenes del arroyo, como siempre abatida e indiferente a cuanto la rodeaba. Un rayo de sol tocando su cabello lo hacía refulgir. Neale observó que había hecho desaparecer la mancha de sangre de la pechera de su traje y se alegró del detalle. ¿Qué esperanza podía haber para ella mientras se pasase las horas con las manos crispadas sobre aquel negruzco símbolo de la tragedia? El joven comenzó a silbar y sacando su cuchillo entro en el matorral con idea de cortar una rama a propósito para caña de pescar. Las truchas de los remansos habían tentado desde un principio su codicia de pescador y, a todo evento, traía esta vez consigo los necesarios aparejos. A beneficio de Allie hizo exceso de innecesario ruido y, emergiendo de la espesura, comenzó a descortezar la vara a veinte pasos escasos de ella, silbando e incluso tarareando mientras anudaba el sedal. Después le fue preciso buscar cebo de alguna clase y se dedico a ello complacido, tanto porque la tarea le gustaba, cuanto porque por, el rabillo del ojo atisbo que Allie le observaba. En consecuencia, redoblo sus esfuerzos en aparentar no enterarse de su presencia y, en cambio, que ella se percatase continuamente de la suya. Hallo saltamontes, gusanos y larvas bajo los caídos troncos, y con tan variado cebo se dispuso a pescar.