El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —¡No sabe usted pescar! —exclamó ella con gran severidad.
—¿No? —contesto, azorado, Neale.
—Una trucha tan grande hay que cansarla. Y usted la saco de un tirón. Asà se partió el sedal. A no ser… por mÃ… se habrÃa escapado.
Callo, un poco jadeante por el esfuerzo y la viveza de su expresión. En las mejillas le aparecieron dos rosetas. Sus pupilas relampagueaban. Neale pensó que era la primera vez que veÃa coloreado su semblante y expresiones usuales de la vida en su fisonomÃa. Vista asà era muy agraciada. Sin saberlo, habÃa hecho un descubrimiento…, acaso contaba con otro medio de distraer su atención de sà misma. La trucha reclamo la suya y se la quito de las manos.
—¡Qué fiera! ¿Verdad que es enorme, Allie? Le da rÃa un abra…, le estoy muy agradecido por haberla sujetado…
Allie se arrodillo, restregándose las manos en la hierba, mientras Neale remataba el pez y lo ensartaba en una lercha con los otros que habÃa cogido. Volviéndose a Allie, iba a decirle cuánto se alegraba de verla, pero, mirándola, resolvió no distraer su mente del momento. Estaba… distinta y la diferencia le agrado, temiendo que se desvaneciese.
—¿Quiere usted ayudarme a buscar más cebo? —preguntó.