El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Allie asintió con la cabeza poniéndose en pie. Neale observo que iba descalza. ¡Pobre criatura! No tenÃa calzado y él no sabÃa cómo procurarle algo conveniente en aquella selvatiquez.
—¿Ha pescado usted truchas alguna vez? —preguntó.
—SÃ. En California —contesto ella con súbito ensombrecimiento de las pupilas.
—Vamos al arroyo —dijo Neale apresuradamente, temeroso de haber cometido una falta de tacto—. Hay algunos remansos aceptables.
Ella caminaba a su lado, procurando evitar los guijos del sendero. A poco llegaron a un lugar que parecÃa prometedor.
—Si engancha otra grande, no intente sacarla de un tirón —amonestó Allie.
Neale podÃa a duras penas disimular su alegrÃa y, en su deseo de parecer natural, estuvo muy poco afortunado, perdiendo dos peces y ahuyentando otros.
—¿Quiere usted probar, Allie? —ofreció.
—Prefiero mirarle. Se ve que le gusta a usted mucho.
—¿Cómo lo conoce? —preguntó más por oÃrla que por curiosidad.
—Por lo que se excita.