El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Con interior gratitud tomó nota de que después de tantas semanas de silencio era posible hacerla hablar. Pero… tendría que ser sumamente cauto. Una palabra, un gesto desafortunado, eran capaces de volverla a sumir en su apatía.
Siguieron explorando con resultado vario los diversos remansos que encontraron, logrando truchas en algunos, perdiéndolas en otros. Cerca del lugar donde se asentaba la cabaña y empezaba propiamente el arroyo, el terreno se abría como una pradera, con césped y flores hasta el borde mismo del álveo. Los remansos eran más profundos, pero la inferior calidad de su aparejo imposibilitó a Neale de aprovecharlos, aunque no le importó. Había una fragancia, una belleza en la corriente que parecía acrecentarse cuanto más lejos iban. Llegaron con el tiempo a un punto en que el agua corría sobre un cauce rocoso, que Neale quiso atravesar. Empezó a vadearlo, curioso de ver lo que haría Allie.
—No puedo vadear eso —dijo. El joven volvió a su lado.
—Yo la llevaré. Encárguese de la caña. Dejaremos los peces aquí.