El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Y la tomó en brazos. ¡Qué poco pesaba! ¡Cuánto más ligera que aquella otra vez que la llevó! A medio camino resbaló, estando a punto de caer ambos. Allie lanzó un chillido, cuyo sonido, por lo distinto, llenó a Neale de alborozo. Al fin y al cabo, no obstante todo lo pasado, era femenil. Repitió a poco la suerte, haciendo un heroico esfuerzo por recobrar el equilibrio. Ella se abrazó convulsivamente a su cuello con el brazo libre y, al incorporarse él, se entrechocaron sus cabezas y su cabello le cegó. Se echó a reír. Pero… no podía atribuirse únicamente al ejercicio la violencia de los latidos de su corazón. Por fin ganaron la margen opuesta.
—Por poco se cae usted conmigo —observó Allie.
—¡Psch…!
—También yo me habría mojado —dijo preguntándose si sería posible hacerla sonreír. Si llegaba a conseguirlo aquel día, se afirmaría su convencimiento de que aún le era posible a la muchacha ser feliz.
Poco después encontraron a Larry doblegado bajo el peso de un ciervo que llevaba a cuestas. Soltando su carga, los saludó.
—¿Cómo estamos? —dijo dirigiéndose precipitadamente hacia ella.
—¿Cómo se llama usted? —Fue su respuesta.