El Caballo de hierro
El Caballo de hierro La muchacha titubeó; luego, recogiéndose la falda, entró en la corriente, deteniéndose incierta. Neale, viéndola, decidió que no experimentaba temor alguno ni tenía conciencia de la blancura de sus piernas contra el azul del agua.
—¿No quiere usted pasarme? —preguntó ella.
—¡Claro que no! —replicó Neale—. ¡Pasar a mía mujer hecha y derecha como usted!
Ella lo tomó en serio y avanzó otro poco.
—Resbalo mucho —dijo.
Le fascinaba verla, pero el entretenimiento del espectáculo de su inocente despreocupación ceso de pronto para Neale. Había algo más. Su intención era tan sólo impacientarla; contaba llevarla en brazos de un lado a otro. Pero… al volver en su busca, se detuvo. En el semblante de Allie advirtió una extraña resolución, un deliberado propósito, por completo desproporcionado con el momento. Era como si se hubiese impuesto la obligación de atravesar el vado. Mas… sus titubeos persistieron.
—¡Adelante! —grito para animarla.